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Arena Piedra Cardón

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Descripción

Arena piedra cardón : crónica de viajes al noroeste argentino .
De Eduardo Gómez

– 1a ed. – Libertad. Partido de Merlo : 2015.  208 p. ; 21×14 cm.  ISBN 978-987-33-7984-0

Cronica de Viajes.

Prólogo

Arena, piedra y cardón. Esa fue la huella que me llevó por senderos de la quebrada y puna jujeña.
Disfrutando de vacaciones ellos me enseñaron, durante varios años de sus paisajes, costumbres y hospitalidad, quedando grabados profundamente en mi memoria.
Arena, piedra y cardón ha sido el nombre elegido para titular este libro porque esas tres palabras se convirtieron en símbolo y resumen de esas experiencias.
En él no descubro nada ni tampoco pretendo hacerlo un compendio o guía para futuros visitantes. Mi objetivo es contagiar el impacto que esa zona produjo en mí.
Todo comenzó luego de mi primer viaje, allá por 1991. Las sensaciones que me dejaron aquella experiencia revoloteaban inquietas en mi mente como si quisieran escapar. Pese a todo estaba convencido que esa inquietud era producto de un impacto emocional, totalmente personal y que poco podrían interesar a otras personas. No obstante cuando contaba ese primer viaje y luego los sucesivos, mis escuchas sé mostraban interesados y despertaba curiosidad en ellos.
Con el fin de dilucidar mí desmedido interés por aquella cultura, traté de indagar en mis raíces, pero los primeros y concretos resultados estaban lejos de brindar respuestas mínimamente compatibles.
Hijo de padre español y madre bonaerense, más precisamente de Arrecifes, nací en la Capital Federal. Cuando tenía seis años, por una enfermedad de mi madre, nos mudamos a Santa Rosa de Calamuchita en las sierras de Córdoba. Allí estuve cinco años, cursé la mitad de mi educación primaria y el sistema educativo y el paisaje del lugar marcaron en mí un sentimiento regional, tradicionalista e histórico.
Durante mi adolescencia disfrutaba de la música folklórica y transportaba la misma a imágenes de montañas que me habían quedado grabadas de Córdoba. Me fascinaban las leyendas y la historia de nuestra tierra, especialmente la desconocida.
En busca de esos temas incursioné en notas de revistas, y periódicos, las cuales no abundaban, y en libros de textos donde me encontraba con un torrente de información oficial con una óptica fabulesca.
Comienzo a advertir un aislamiento intencionado a nuestra idiosincrasia e indiferencia total a nuestra cultura, marginando sectores arraigados a costumbres ancestrales.
Posteriormente asisto a cursos de Cultura Popular Latinoamericana dictada por organismos no oficiales, donde profesores y panelistas son fieles defensores de nuestra cultura, su música, sus artesanías, su idioma, etc. Es aquí donde conozco la verdadera música autóctona ejecutada con instrumentos regionales, muy diferente al folklore que se difunde por los medios, pulido técnicamente, que no por ello sea malo pero que carece de autenticidad. Aquello es prácticamente ignorado por no contar con espacios de difusión, carecer de publicidad y escasas posibilidades de grabación. Entonces el público de las grandes ciudades, con más acceso a lo foráneo y pocas posibilidades o voluntad para conocer lo nuestro, cree que nuestra identidad es sinónimo de bombachas y corralera de pulcrísimo blanco con un poncho rojo sobre el hombro, de guitarras de excelente calidad y espectacular afinación o el revoleo de un poncho de fibra sintética, sería muy difícil hacerlo con uno de telar, y una camiseta de la selección nacional de futbol con el número 10 de Maradona. Cuando toda esa gente escucha a una coplera vallista, acompañada con una caja o a un músico cuyo escenario es el paisaje donde vive y su vestimenta el poncho de todos los días, con instrumentos de caña o pezuñas de cabra, se sorprende al punto tal de creer que no pertenece a nuestro país.
Como resultado tenemos la lamentable realidad que la identidad se la manifiesta desde un punto de vista político disfrazando nuestra propia cultura, mostrándonos diferentes a lo que somos debido a la errónea teoría de que la cultura de un pueblo no es compatible con el progreso.
Cuando nos adjudicaron lo de “granero del mundo”, lejos de habernos ofendido debió ser un motivo de orgullo, dado que evidenciaba nuestras cualidades agrícolas ganaderas. El modelo para la Argentina de aquella clase dirigente estaba en las industrializadas Francia e Inglaterra y muy lejos de nuestra tierra. Hay versos en temas folklóricos que rescatan esas virtudes. Uno de ellos dice “que al subir al Portezuelo, el viajero, no olvida al hombre y su miseria, pero la verdad que está en los surcos se olvidaron de contarla”. Otra cita al peón de campo Segundo Molina que luego de treinta años sembrando y ordeñando, con fríos o calores en una estancia, lo vienen a detener por “no servir a la Patria”, en alusión a la conscripción obligatoria, pero es su propio patrón que defiende a ese ignorado hacedor del país diciendo que no solo se sirve a la Patria yendo a la milicia.
Otro caso se dio en la inauguración del mundial de futbol en Alemania en 1974, donde cada participante presentaba un cuadro alusivo a su país. Argentina sorprendió a quienes pretenden un país espejo de Europa con una estampa folklórica a cargo de Jaime Torres y un ballet. No faltaron las críticas diciendo que parecía la representación de Bolivia, respondiendo a fronteras políticas y no culturales. Sin dudas se ignora la región del Kollasuyu, de la que fuimos parte y olvidaron la extensión del Virreinato del Río de La Plata. Sería demasiado exigir que supieran que la música andina es la que menos influencia extranjera sufrió.
Lo revelado en aquellos cursos y lo transmitido en las emisoras comerciales producían en mi, interrogantes que debería develar en mis viajes.
La fuente de datos que obtendría surgirá de un marco paisajístico espectacular, anticipado en fotos, imágenes televisivas, etc. Pero lo más importante era el saber que compartiría una cultura milenaria en el propio escenario de arena, de piedra y de cardón que le sirvieron de cuna y que transitaron nuestros ancestros como ahora lo haría yo.
Un temeroso respeto me predisponía al saber que esa arena, esa piedra y ese cardón mantienen secretos milenarios de nuestra cultura.
Me resulta imposible creer que se tergiverse tanta riqueza y que el turismo de las grandes ciudades la subestime.
Arena, piedra y cardón fueron testigos de las historias que por no querer quedar ocultas, les relato, envolviéndome en un mundo imaginario y sugestivo que por parecer disparatado no deja de crear respetuosas verdades.



 

Sobre el Autor:

Eduardo GomezEduardo Gómez nació en Capital Federal. Realizó más de la mitad de su educación primaria en Santa Rosa de Calamuchita, provincia de Córdoba.
Fue allí donde cree que nación su atracción por las montañas.
De chico estudió canto pero nunca le mencionaron la existencia de los aerófonos andinos. En historia le hablaron de las batallas de Salta y Tucumán y alguna vez del Exodo Jujeño, pero no supo nada de las más de cien batallas por la independencia libradas en la Quebrada de Humahuaca.
Quiso investigar algo que ya no se estudia y pese a lo poco que le ofrecieron, encontró ecos.
Primero fue el Profesor Héctor Ariel Olmos, con quien cursó Cultura Popular Americana en el Colegio Esteban Echeverría de Ramos Mejía y luego con ese profesor y Don Félix Coluccio, Director de DE.CU.NA. (Defensa de la Cultura Nativa) la segunda parte del curso en el Centro Cultural San Martín de la Capital Federal.
Junto a ellos, los libros de Teresita Faro de Castaño. Sixto Vázquez Zuleta, Historiador de Humahuaca, Héctor Tizón, Pbtro. Jesús Olmedo Rivero, Párroco de Humahuaca, Olga Fernandez Latour de Botas, Mirta Ana Seca del Instituto Interdeisciplinario Tilcara-Facultad de Filosofía y Letras-UBA, Antonio Rene Machaca, Ramiro Reynaga – Wankar, Coordinador General del Consejo Indio de América del Sur-Cuzco-Perú 1980, Wanka Willca y Germán Burgos, que sumaron más de veinte; la música de Tukuta Gordillo, Fortunato Ramos, Ricardo Vilca y tantos grupos lugareños, las coplas embanderadas por Ernestina y Candelaria Cari, Las poesías de Germán Choquevilca y Domingo Zerpa, más toda la sabiduría de Federico Kirbus, marcaron la arqueología y geografía de la zona con historias, música, diagramas, mapas y fotos avivando su fuego interior de tierra y tradición.
Todo ello lo embriagó de cerros, valles, abras y quebradas para brindarle la fortaleza para compartir con nativos noches en la fria altura del Abra de Punta Corral, con las Doctrinas de Yavi o esperando los toros de Casabindo. Una mujer, originaria de Tilcara, llegó a decir que algún antepasado de la zona se había reencarnado en él. Nunca negó haber sido testigo de alguna situación extraña.
No juzga a quien no comparta sus experiencias, pero es evidente que fueron muchos los que las alimentaron.
Solo pretende que los cerros y quebradas queden para siempre grabados en sus sueños y que también invada a muchos más para continuar redescubriendo la inmensa riqueza cultural que hay allí, por nuestro verdadero origen, por nuestra verdadera historia, por un futuro de libertad.